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La exitosa serie de TV «Perdidos» finaliza con un desenlace de clara connotación católica

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Actualizado 26 mayo 2010
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Mar Velasco-Pablo Ginés/La Razón
La fe no naufraga en una de las grandes series de culto: «Perdidos»

Dicen que hay dos tipos de fans de «Perdidos»: los  que creen que su valor está en la trama y los que creen que reside en sus personajes. Para los primeros, el final de la serie ha sido, en cierto modo, decepcionante. Sí, los guionistas podrían haber resuelto las muchas incógnitas que quedaban (y quedarán) por resolver. 

Sin embargo, para los segundos, el cierre ha sido un broche de oro. Porque lo esencial, lo que atañe al corazón del ser humano, al significado y al valor de su vida y a su capacidad para ser «salvados», sí ha quedado resuelto. 

En el momento crucial de la vida, el «hombre de fe» supera al «hombre de ciencia». La trascendencia se abre paso y, a pesar de cierto sincretismo y del homenaje a todos los credos (la vidriera con símbolos de todas las religiones), lo hace en clave cristiana. No en vano la figura del Resucitado aguarda a los «perdidos» cuando están a punto de alcanzar la plenitud que se encuentra al otro lado de una capilla específicamente católica.

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